Para los fanáticos de las historias, la filosofía, y la psicología; Fragmentos en forma de historia para leer con calma y pensar.
Saturday, December 31, 2011
(cuento corto) El Duende
...Se escabullía hábilmente en la oscuridad, era un panorama curioso con una sombra móvil, una luz de luna, una oscuridad que en vez de negra era azul.
Ya casi llegaba. Se pasaba detrás del reloj de pared, por entre los cristales bordeados en cobre puestos sobre la alacena, por entre las copas y tazas viejas de porcelana que estaban en hileras y desordenadas. Olía a polvo. El duende se acercaba. Y sus pasos levantaban ése viejo olor a guardado.
Desde el comedor se estaba acercando a la sala de estudios, también a una ventana. (Dicha ventana estaba montada con un pequeño ático sobre el suelo; la pared de madera subía hasta donde subiría la cabeza de un humano, y después se hundía en un ángulo de 90 grados, seguía hasta encontrarse con la ventana vertical, y finalmente se recogía, haciendo su propio techo.)
Allí arriba, sobre una biblioteca sonaban los ronquidos.
Y el duende se acercó por toda la estrechez del lugar, trepó como si los libros fueran peñascos de un monte.
Fue un contraste total cuando se encontró con la ventana. Estaba al fondo de la bóveda de madera; espaciosa, era como un respiro.
Y allí en el suelo improvisado de la bóveda, bañándose bajo la luz de la luna, estaba tendida su amada; Que ella no lo sabía, pero era su amada. (La había visto robándose unas flores del jardín el otro día, y era bellísima y la encontró adorable, tanto que miró a dónde se iba ella a dormir, en vez de mirar a dónde es que últimamente se estaba guardando las llaves el panadero de la casa.)
Entonces empezó a trabajar. Miraba con ojos silenciosos a su cabello. Con sus manos, que eran hábiles y largas empezó a trenzar, y como fluyendo se pasaban por entre los mechones, iban y volvían, hacían vueltas; agarraban con tacto, soltaban con delicadeza.
La miró allí cerca en donde la tenía, pero la veía lejano. Él tenía una carita triste, como si estuviera recordando un día de antaño con nostalgia. Pero en realidad no es que recordara algo. Sólo la miraba a ella, y ponía esa carita y se ponía a trabajar. Se aseguró de entretejer en lo que hacía muchos susurros, muchas cosas como deseos, que quería tocarla como si sí fuera suya, de día y con confianza.
Con una trenza le deseó que también se hiciera más hermosa. Sí, todavía más.
Con otra trenza, que fue la que comenzó todo, que durmiera profundo y no se diera cuenta. Que soñara, tal vez; y si soñaba con él, mejor.
Con la trenza final usó su mechón más hermoso, y le pidió que se cuidara, deseó con todo su ser que nada malo le pasara a ella, que mientras él no podía protegerla, que lo hiciera el destino.
Luego se fue. Suspiró, y luego con la rapidez del suspiro mismo se volvió a esconder, se buscó el lugar en donde él dormía. Se montó en la alacena y se deslizó como agua por detrás. Era un pequeño hueco contra la pared. El hueco daba al último cajón, que parecía abandonado. Se dormía detrás de una caja de cubiertos de plata, allí en una cama que él mismo había improvisado con servilletas de tela desgastada.
«A mí hoy me contaron algo parecido.»
«“¿Sabías que cuando los duendes se enamoran, van a buscar a la enamorada a hacerle trenzas con el cabello cuando están dormidas?”»
(Para Julie)
Thursday, December 8, 2011
(Más de la revolución) Nuestro amigo Jonás
Adoro la forma en que alcanzo a burlarme de mí mismo entre las letras.
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Nuestro personaje de experimentos se habría llamado Rubén o Pancracio, pero elegí ponerle Jonás.
Jonás es una buena persona.
Por risible que sea su nombre... peor será su desdichada suerte.
Lo curioso de Jonás es que su desdicha no es para nada ligera.
Una tarde cualquiera, en el año 52, Jonás se despidió de sus amigos al salir de su casa.
Caían hojas, desprendiéndose del cielo mismo como cascadas dispersas.
Las hojas eran de pino. Jonás en realidad se estaba acercando a un gran pino.
El pino era antigüo. Alrededor de él parecía que habían construído un cementerio lo suficientemente grande como para enterrar enteros a tres pueblos pequeños.
Por si fuera poco, el “gran pino” en realidad era un titán de proporciones desmedidas, un gigante sobrenatural de unos mil años de viejo, y una altura que no dejaba ver el pico en un día incluso despejado.
Nuestro amigo jonás se aventuró a la tierra gris y negra y café bajo él, bajo las ramas muertas y las hojas viejas: éste era el “cementerio”, y nadie se había atrevido a entrar.
En la base Jonás encontró una tableta. Una tableta con una runa cruzada. Una única runa cruzada, y la tableta que estaba recortada, torcida, y picada por el tiempo. Sobre un lado de ella trepaba una plantilla de intenso verde, sabrá dios cómo conseguía vivir en el “cementerio”.
Bien, cuando menos lo supo, un rayo amenazó con partir el pino el momento en que tocó la runa. Y empezó a caer la nieve.
Él se rendía y sus ojos blanqueaban, y más nieve cubría todo. Hasta que no había más que blanco.
Apenas unos cinco minutos después despertó. Otro rayo quemó todo el suelo y la nieve rápidamente se retiró.
Nuestro amigo jonás se levantó de su colapso, y caminó lejos.
Había algo diferente en el aire.
Volvió a su casa. Estaba vacía, se veía sucia de hace un largo tiempo. Y sus amigos ya no estaban. Los buscó como loco.
Cuando fue a visitar la casa de su mejor amigo, del que se había despedido unos 30 minutos antes, encontró ruinas.
¿Qué era esto? ¿Qué clase de cosa arruinaría todo de ésta forma?
Buscó el calendario mecánico que guardaba su amigo bajo la repisa de la sala.
Era un cajita mecánica con una ventanilla, un soldadito de plomo marchaba de tanto en tanto. Y se alimentaba todo del molino sobre su casa.
Estaba varado. Y marcaba en el año 94. Se sintió devastado.
Debió ser una maldita broma. Buscó a los demás. Pasaron las horas, y cavaba más y más en el tiempo Jonás. Entre más buscaba, más lejos se sentía.
Ya veía a todos lejos. Entre más buscaba, más descubría que en realidad estaba lejos. Y maldijo al árbol.
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Nuestro personaje de experimentos se habría llamado Rubén o Pancracio, pero elegí ponerle Jonás.
Jonás es una buena persona.
Por risible que sea su nombre... peor será su desdichada suerte.
Lo curioso de Jonás es que su desdicha no es para nada ligera.
Una tarde cualquiera, en el año 52, Jonás se despidió de sus amigos al salir de su casa.
Caían hojas, desprendiéndose del cielo mismo como cascadas dispersas.
Las hojas eran de pino. Jonás en realidad se estaba acercando a un gran pino.
El pino era antigüo. Alrededor de él parecía que habían construído un cementerio lo suficientemente grande como para enterrar enteros a tres pueblos pequeños.
Por si fuera poco, el “gran pino” en realidad era un titán de proporciones desmedidas, un gigante sobrenatural de unos mil años de viejo, y una altura que no dejaba ver el pico en un día incluso despejado.
Nuestro amigo jonás se aventuró a la tierra gris y negra y café bajo él, bajo las ramas muertas y las hojas viejas: éste era el “cementerio”, y nadie se había atrevido a entrar.
En la base Jonás encontró una tableta. Una tableta con una runa cruzada. Una única runa cruzada, y la tableta que estaba recortada, torcida, y picada por el tiempo. Sobre un lado de ella trepaba una plantilla de intenso verde, sabrá dios cómo conseguía vivir en el “cementerio”.
Bien, cuando menos lo supo, un rayo amenazó con partir el pino el momento en que tocó la runa. Y empezó a caer la nieve.
Él se rendía y sus ojos blanqueaban, y más nieve cubría todo. Hasta que no había más que blanco.
Apenas unos cinco minutos después despertó. Otro rayo quemó todo el suelo y la nieve rápidamente se retiró.
Nuestro amigo jonás se levantó de su colapso, y caminó lejos.
Había algo diferente en el aire.
Volvió a su casa. Estaba vacía, se veía sucia de hace un largo tiempo. Y sus amigos ya no estaban. Los buscó como loco.
Cuando fue a visitar la casa de su mejor amigo, del que se había despedido unos 30 minutos antes, encontró ruinas.
¿Qué era esto? ¿Qué clase de cosa arruinaría todo de ésta forma?
Buscó el calendario mecánico que guardaba su amigo bajo la repisa de la sala.
Era un cajita mecánica con una ventanilla, un soldadito de plomo marchaba de tanto en tanto. Y se alimentaba todo del molino sobre su casa.
Estaba varado. Y marcaba en el año 94. Se sintió devastado.
Debió ser una maldita broma. Buscó a los demás. Pasaron las horas, y cavaba más y más en el tiempo Jonás. Entre más buscaba, más lejos se sentía.
Ya veía a todos lejos. Entre más buscaba, más descubría que en realidad estaba lejos. Y maldijo al árbol.
Wednesday, December 7, 2011
Chispa #8: Psicologia espiritual pura y dura.
Las tristezas mas tristes y los amores mas fuertes,
son solo fantasmas que nosotros mismos creamos,
por eso son perfectos
-Yo
...Nos torturamos con ellos.
son solo fantasmas que nosotros mismos creamos,
por eso son perfectos
-Yo
...Nos torturamos con ellos.
Tuesday, December 6, 2011
(2) Otro fragmento
-¿Te acuerdas de cuando éramos pequeños? ¿Te acuerdas de la mágica fortaleza, el palacio en donde vivimos? Fue ahí donde nos casamos antes de que nos casáramos aquí.
La fortaleza vivía unas breves horas. Como máximo la tuvimos una tarde entera, y siempre la volvíamos a armar, cada vez que yo quería verte.-
....
Allí se veía una niña acurrucada dentro de un túnel en plástico.
Sonreía a la nada mientras acomodaba las sombrillas que apenas había traído.
Ella imaginaba un maravilloso imperio, y lo construía con sus manos.
A la boca del túnel se estiró un brazo joven que asía una sombrilla amarrada. Se abrió y encajó, cerrándolo todo como un submarino. Ahora no había luz en el túnel, y la niña seguía adentro.
-Ya está el cuarto de cenas -Decía una vocecita muy femenina, algún llanto perdido de ángel.
Y acurrucada solía quedarse haciendo nada, quién sabe pensando en qué, mirando a todos lados y escondiéndose del viento y del sol.
Las horas pasaban, y al final se escabullía como despertando de un sueño, gateaba hacia la salida.
Tenía una cara de perdida, sintiéndose como cuando se sale de hacer inmersión con una película y la realidad choca forzosa; caminaba como autómata cargando sus sombrillas.
Y se veía como lo que era: una niña, lo único que hacía era jugar.
....
Lyszica seguía sobre su sillón, cruzando curiosamente sus largas piernas sobre el espaldar, mirando perdida a las tablas del techo.
-Yo era la princesa. Por unas horitas escapaba del mundo real. Y era todo bonito-
Sus palabras se perdían, hablaba relajada como si nadie la escuchara.
Sin darse cuenta, él frunció el ceño, sólo de saber lo parecido que era el pasado de ella, pues le sonaba infinitamente fascinante; pero demasiado para ser real.
Se estaba inventando todo. Ellos dos sabían que no ocurrió, pero él guardó silencio. De todas formas le parecía linda por lo que le estaba haciendo; seguía jugando aún a éstas alturas de la vida, sólo que con palabras.
Sobra mencionar que Nipuna ya era fascinante para los ojos de Él. Difícil era aceptar que esa criatura cautivante creció como si nada. Nadie nunca se dio cuenta, y todo lo encantador ocurría dentro de ella, por lo que es seguro decir que ella no era una chica interesante.
La fortaleza vivía unas breves horas. Como máximo la tuvimos una tarde entera, y siempre la volvíamos a armar, cada vez que yo quería verte.-
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Allí se veía una niña acurrucada dentro de un túnel en plástico.
Sonreía a la nada mientras acomodaba las sombrillas que apenas había traído.
Ella imaginaba un maravilloso imperio, y lo construía con sus manos.
A la boca del túnel se estiró un brazo joven que asía una sombrilla amarrada. Se abrió y encajó, cerrándolo todo como un submarino. Ahora no había luz en el túnel, y la niña seguía adentro.
-Ya está el cuarto de cenas -Decía una vocecita muy femenina, algún llanto perdido de ángel.
Y acurrucada solía quedarse haciendo nada, quién sabe pensando en qué, mirando a todos lados y escondiéndose del viento y del sol.
Las horas pasaban, y al final se escabullía como despertando de un sueño, gateaba hacia la salida.
Tenía una cara de perdida, sintiéndose como cuando se sale de hacer inmersión con una película y la realidad choca forzosa; caminaba como autómata cargando sus sombrillas.
Y se veía como lo que era: una niña, lo único que hacía era jugar.
....
Lyszica seguía sobre su sillón, cruzando curiosamente sus largas piernas sobre el espaldar, mirando perdida a las tablas del techo.
-Yo era la princesa. Por unas horitas escapaba del mundo real. Y era todo bonito-
Sus palabras se perdían, hablaba relajada como si nadie la escuchara.
Sin darse cuenta, él frunció el ceño, sólo de saber lo parecido que era el pasado de ella, pues le sonaba infinitamente fascinante; pero demasiado para ser real.
Se estaba inventando todo. Ellos dos sabían que no ocurrió, pero él guardó silencio. De todas formas le parecía linda por lo que le estaba haciendo; seguía jugando aún a éstas alturas de la vida, sólo que con palabras.
Sobra mencionar que Nipuna ya era fascinante para los ojos de Él. Difícil era aceptar que esa criatura cautivante creció como si nada. Nadie nunca se dio cuenta, y todo lo encantador ocurría dentro de ella, por lo que es seguro decir que ella no era una chica interesante.
(1) Más fragmentos
Él caminaba aquietado y despacio todos los días a su instituto.
Poco importaba, en el camino se perdía mirando a las hojas caer, y mirando a las mujeres que salían a ésa hora. Le gustaba lo que era bello.
Había un poste caído hacia un atajo; cruzaba todos los días un pastizal, y su puerta era el poste abandonado, que nadie quiso nunca quitar.
Fácil entraba debajo del arco, y salía hacia la calle inmediata con el instituto.
Perdía su tiempo en el estudio con un grupo especial, y sus calificaciones eran inferiores al resto: era el menos prometedor de su grupo.
En el aula se acomodó en su puesto favorito: cerca del parlante de noticias, porque una mañana escuchó como contaban datos interesantísimos; él quería saberlos todos y allí escucharía claro.
Esperó a que todos llegaran quitándose las semillas pegadas que tenía en la ropa por el atajo. En secreto pensó que los demás lo admirarían por poder llegar antes que nadie.
Entró su maestro. Saludó como si nada y lo ignoró. Seguían más estudiantes. Entraron dos más, luego el más prometedor de la clase. Todos lo miraron al entrar, en realidad con una sensación de no familiarizarse antes que admiración.
Y comenzaron las lecciones. Nada raro ocurrió hasta que el maestro se quejó que él no estaba escribiendo lo que decía.
Empezó a preguntar a todos, sentía que perdía su tiempo enseñándole.
Cuando sólo él pudo responder sin leer lo que había escrito, se dio cuenta que era al revés.
Pero igualmente perdía su tiempo, sólo que con los otros.
Terminó el día entre sus primeras semanas de estudio, y así más o menos se repetiría, todos los días, los meses,
Incluso sus años en la academia con su clase de hombres.
Y todo ése tiempo vivió solo, nunca tuvo el poder de cambiar lo que hacía cada día. Vivió ausente, sin saber nada de su futuro, y nada se supo de él. A fin de cuentas no era un chico interesante.
Poco importaba, en el camino se perdía mirando a las hojas caer, y mirando a las mujeres que salían a ésa hora. Le gustaba lo que era bello.
Había un poste caído hacia un atajo; cruzaba todos los días un pastizal, y su puerta era el poste abandonado, que nadie quiso nunca quitar.
Fácil entraba debajo del arco, y salía hacia la calle inmediata con el instituto.
Perdía su tiempo en el estudio con un grupo especial, y sus calificaciones eran inferiores al resto: era el menos prometedor de su grupo.
En el aula se acomodó en su puesto favorito: cerca del parlante de noticias, porque una mañana escuchó como contaban datos interesantísimos; él quería saberlos todos y allí escucharía claro.
Esperó a que todos llegaran quitándose las semillas pegadas que tenía en la ropa por el atajo. En secreto pensó que los demás lo admirarían por poder llegar antes que nadie.
Entró su maestro. Saludó como si nada y lo ignoró. Seguían más estudiantes. Entraron dos más, luego el más prometedor de la clase. Todos lo miraron al entrar, en realidad con una sensación de no familiarizarse antes que admiración.
Y comenzaron las lecciones. Nada raro ocurrió hasta que el maestro se quejó que él no estaba escribiendo lo que decía.
Empezó a preguntar a todos, sentía que perdía su tiempo enseñándole.
Cuando sólo él pudo responder sin leer lo que había escrito, se dio cuenta que era al revés.
Pero igualmente perdía su tiempo, sólo que con los otros.
Terminó el día entre sus primeras semanas de estudio, y así más o menos se repetiría, todos los días, los meses,
Incluso sus años en la academia con su clase de hombres.
Y todo ése tiempo vivió solo, nunca tuvo el poder de cambiar lo que hacía cada día. Vivió ausente, sin saber nada de su futuro, y nada se supo de él. A fin de cuentas no era un chico interesante.
Chispa #7: El arte es desigual.
Me he dado cuenta que todo lo que hago está plagado de emociones, cada pieza tiene su trocito de alma por separado, y cada cosa que intento hacer similar, termina absorbiendo un estilo diferente.
Pero no me quejo. Es natural en lo que es natural. Me refiero a que clonar cosas y hacer réplicas exactas es demasiado fácil, burdo y rústico en un mundo en donde se creen que una máquina puede hacer de todo; incluyendo poesía.
Esto responde a mi pregunta:
¿Por qué todas las flores son diferentes?
La respuesta en breve sería:
Porque quieren ser bellas. O deberían ser bellas. O,
Porque son bellas.
Pero no me quejo. Es natural en lo que es natural. Me refiero a que clonar cosas y hacer réplicas exactas es demasiado fácil, burdo y rústico en un mundo en donde se creen que una máquina puede hacer de todo; incluyendo poesía.
Esto responde a mi pregunta:
¿Por qué todas las flores son diferentes?
La respuesta en breve sería:
Porque quieren ser bellas. O deberían ser bellas. O,
Porque son bellas.
Thursday, December 1, 2011
(Lyszica V.) El final
Hoy tendré que confesarles; desde hace ya un tiempo he querido matarlos, porque no dejan que mi arte fluya a otros canales.
Lyszica es fascinante, es tan cautivadora para mí que fácilmente me centraría en sólo su vida tanto como dure un largo trecho de la mía.
Pero el mundo pierde su color si uno pinta sólo en un personaje, ¿Cierto?
Decidí pintar cómo terminaban, la escena final. Escribiré mucho más de ellos: tengan en cuenta que Nipuna nunca muere. Ya adivinarán por qué clase de proceso pasaría ella, viendo al Rey de la Noche; que habla como si nada, sentado; siglos después de su muerte en vida perfecta.
Y así, les presento el broche y sello de una carta que nisiquiera está terminada.
--------------------------------------------------
¿Recuerdas?
Estaban ella y él sentados en la azotea de su casa, absorbiendo con cada uno de sus poros la luz y los últimos respiros de aire, justo antes del fin del mundo.
Aquí los pájaros cantaban como si nada, sólo que el viento se sentía inusualmente ensordecedor.
Y ellos tenían esperanza. Sabían que allí lejos existía un mejor mundo, sabían que ése no podía ser el fin de todo.
Estaban, pues, consumados en el más grande pasatiempo de todos los viejos de la ciudad: recordar.
Al final de sus caminos, sentados juntos habían pasado también los últimos años. En ése mismo lugar.
Lyszica se había vuelto más valiosa con el tiempo: decidió quedarse con su cabello. Ya hace mucho tiempo murió la última brizna color oro, luego bronce blanquecino, y al final terminó todo blanco y brillante; ondeándose al aire estaba una cascada de hebras como fabricadas con platino.
Su cara parecía nunca envejecer, salvo por la extraña palidez que le daba un toque fantasmal en las mejillas y una mirada de ángel.
Ámbos eran irreconocibles. Él se había vuelto flaco a más no poder, pero la fuerza de los años aciagos era sobretodo notable en su mirada. Todavía tenía un poderoso fuego en ella. Pero era un fuego caótico y confundido; el tiempo le había arrebatado el rumbo.
Y es que a él se le había escapado el rumbo de todo. Ya no recordaba nada bien, lo único que en realidad sabía todas las mañanas era que adoraba a aquella mujer que se acostaba a su lado.
Y ésa criatura abrió su boca:
-¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de cuando aseguramos nuestro futuro?- -¿Nuestros hijos?-
-Sí. Yo nunca pensé que terminaríamos aquí.-
Vixi concluyó:
-Gracias por todo.-
Él aflojó los músculos, atónito.
Al frente de ámbos estaba la nada y el mundo ya no parecía querer respirar.
Era curioso. Recordó claramente ésos días de antes.
Por alguna magia caminó entre nubes, bajó al sótano del panteón de los dioses. Era una puertecilla con barandas de oro, y allí abajo estaba un mosaico en colores, luces que emanaban chispas lentas y flotaban, y listones blancos enlazándose constantemente con los bordes de la gran plataforma, aislando el lugar del Abismo.
Un zorro rojo de pequeñas dimensiones corrió hacia él, trepó a su cabeza y se quedó encima, acurrucándose y gruñendo con gusto.
Su escencia de animal se sentía más que familiar. Y cuando no supo nada más que éso, desconcertado, empezó a ver como en sueños a una mujer.
Estaba parada frente a un hombre poco admirable, un hombre que le estaba acariciando el vientre.
Ahora ella tenía un bulto bajo el camisón, y con ojos cerrados recibía un abrazo de atrás del mismo hombre. Ahora supo que él cuidaba de ella, y ella no le tenía miedo en lo absoluto.
Ahora la veía sentada, y él le traía cosas para ella, le recordaba de afán lo que sentía con un beso en la frente.
Parecía ahora que ella fuera imposible de abandonar, él la tenía en sus brazos perpetuamente. Con cada imagen se veía más amada, sonriente y tranquila, porque era raro que un hombre se quedara con ella.
Lo último que vio fue la misma pareja de pié, andando una vez más como al principio, felices como si nada. Él tenía a la mujer entre sus brazos, y ella tenía entre sus brazos un pequeño bulto. Miraban sobre el horizonte, al sol.
El sol.
Ése sol se apareció frente a sí. Y lo sacudió la realidad. Él estaba sobre una azotea abandonada.
A un lado estaba la misma mujer. Cogió su mano, y con el peso del fin de todo, la miró a los ojos.
“De nada.”
Lyszica es fascinante, es tan cautivadora para mí que fácilmente me centraría en sólo su vida tanto como dure un largo trecho de la mía.
Pero el mundo pierde su color si uno pinta sólo en un personaje, ¿Cierto?
Decidí pintar cómo terminaban, la escena final. Escribiré mucho más de ellos: tengan en cuenta que Nipuna nunca muere. Ya adivinarán por qué clase de proceso pasaría ella, viendo al Rey de la Noche; que habla como si nada, sentado; siglos después de su muerte en vida perfecta.
Y así, les presento el broche y sello de una carta que nisiquiera está terminada.
--------------------------------------------------
¿Recuerdas?
Estaban ella y él sentados en la azotea de su casa, absorbiendo con cada uno de sus poros la luz y los últimos respiros de aire, justo antes del fin del mundo.
Aquí los pájaros cantaban como si nada, sólo que el viento se sentía inusualmente ensordecedor.
Y ellos tenían esperanza. Sabían que allí lejos existía un mejor mundo, sabían que ése no podía ser el fin de todo.
Estaban, pues, consumados en el más grande pasatiempo de todos los viejos de la ciudad: recordar.
Al final de sus caminos, sentados juntos habían pasado también los últimos años. En ése mismo lugar.
Lyszica se había vuelto más valiosa con el tiempo: decidió quedarse con su cabello. Ya hace mucho tiempo murió la última brizna color oro, luego bronce blanquecino, y al final terminó todo blanco y brillante; ondeándose al aire estaba una cascada de hebras como fabricadas con platino.
Su cara parecía nunca envejecer, salvo por la extraña palidez que le daba un toque fantasmal en las mejillas y una mirada de ángel.
Ámbos eran irreconocibles. Él se había vuelto flaco a más no poder, pero la fuerza de los años aciagos era sobretodo notable en su mirada. Todavía tenía un poderoso fuego en ella. Pero era un fuego caótico y confundido; el tiempo le había arrebatado el rumbo.
Y es que a él se le había escapado el rumbo de todo. Ya no recordaba nada bien, lo único que en realidad sabía todas las mañanas era que adoraba a aquella mujer que se acostaba a su lado.
Y ésa criatura abrió su boca:
-¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de cuando aseguramos nuestro futuro?- -¿Nuestros hijos?-
-Sí. Yo nunca pensé que terminaríamos aquí.-
Vixi concluyó:
-Gracias por todo.-
Él aflojó los músculos, atónito.
Al frente de ámbos estaba la nada y el mundo ya no parecía querer respirar.
Era curioso. Recordó claramente ésos días de antes.
Por alguna magia caminó entre nubes, bajó al sótano del panteón de los dioses. Era una puertecilla con barandas de oro, y allí abajo estaba un mosaico en colores, luces que emanaban chispas lentas y flotaban, y listones blancos enlazándose constantemente con los bordes de la gran plataforma, aislando el lugar del Abismo.
Un zorro rojo de pequeñas dimensiones corrió hacia él, trepó a su cabeza y se quedó encima, acurrucándose y gruñendo con gusto.
Su escencia de animal se sentía más que familiar. Y cuando no supo nada más que éso, desconcertado, empezó a ver como en sueños a una mujer.
Estaba parada frente a un hombre poco admirable, un hombre que le estaba acariciando el vientre.
Ahora ella tenía un bulto bajo el camisón, y con ojos cerrados recibía un abrazo de atrás del mismo hombre. Ahora supo que él cuidaba de ella, y ella no le tenía miedo en lo absoluto.
Ahora la veía sentada, y él le traía cosas para ella, le recordaba de afán lo que sentía con un beso en la frente.
Parecía ahora que ella fuera imposible de abandonar, él la tenía en sus brazos perpetuamente. Con cada imagen se veía más amada, sonriente y tranquila, porque era raro que un hombre se quedara con ella.
Lo último que vio fue la misma pareja de pié, andando una vez más como al principio, felices como si nada. Él tenía a la mujer entre sus brazos, y ella tenía entre sus brazos un pequeño bulto. Miraban sobre el horizonte, al sol.
El sol.
Ése sol se apareció frente a sí. Y lo sacudió la realidad. Él estaba sobre una azotea abandonada.
A un lado estaba la misma mujer. Cogió su mano, y con el peso del fin de todo, la miró a los ojos.
“De nada.”
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