Él caminaba aquietado y despacio todos los días a su instituto.
Poco importaba, en el camino se perdía mirando a las hojas caer, y mirando a las mujeres que salían a ésa hora. Le gustaba lo que era bello.
Había un poste caído hacia un atajo; cruzaba todos los días un pastizal, y su puerta era el poste abandonado, que nadie quiso nunca quitar.
Fácil entraba debajo del arco, y salía hacia la calle inmediata con el instituto.
Perdía su tiempo en el estudio con un grupo especial, y sus calificaciones eran inferiores al resto: era el menos prometedor de su grupo.
En el aula se acomodó en su puesto favorito: cerca del parlante de noticias, porque una mañana escuchó como contaban datos interesantísimos; él quería saberlos todos y allí escucharía claro.
Esperó a que todos llegaran quitándose las semillas pegadas que tenía en la ropa por el atajo. En secreto pensó que los demás lo admirarían por poder llegar antes que nadie.
Entró su maestro. Saludó como si nada y lo ignoró. Seguían más estudiantes. Entraron dos más, luego el más prometedor de la clase. Todos lo miraron al entrar, en realidad con una sensación de no familiarizarse antes que admiración.
Y comenzaron las lecciones. Nada raro ocurrió hasta que el maestro se quejó que él no estaba escribiendo lo que decía.
Empezó a preguntar a todos, sentía que perdía su tiempo enseñándole.
Cuando sólo él pudo responder sin leer lo que había escrito, se dio cuenta que era al revés.
Pero igualmente perdía su tiempo, sólo que con los otros.
Terminó el día entre sus primeras semanas de estudio, y así más o menos se repetiría, todos los días, los meses,
Incluso sus años en la academia con su clase de hombres.
Y todo ése tiempo vivió solo, nunca tuvo el poder de cambiar lo que hacía cada día. Vivió ausente, sin saber nada de su futuro, y nada se supo de él. A fin de cuentas no era un chico interesante.
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