Thursday, December 1, 2011

(Lyszica V.) El final

Hoy tendré que confesarles; desde hace ya un tiempo he querido matarlos, porque no dejan que mi arte fluya a otros canales.
Lyszica es fascinante, es tan cautivadora para mí que fácilmente me centraría en sólo su vida tanto como dure un largo trecho de la mía.

Pero el mundo pierde su color si uno pinta sólo en un personaje, ¿Cierto?

Decidí pintar cómo terminaban, la escena final. Escribiré mucho más de ellos: tengan en cuenta que Nipuna nunca muere. Ya adivinarán por qué clase de proceso pasaría ella, viendo al Rey de la Noche; que habla como si nada, sentado; siglos después de su muerte en vida perfecta.

Y así, les presento el broche y sello de una carta que nisiquiera está terminada.



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¿Recuerdas?



Estaban ella y él sentados en la azotea de su casa, absorbiendo con cada uno de sus poros la luz y los últimos respiros de aire, justo antes del fin del mundo.

Aquí los pájaros cantaban como si nada, sólo que el viento se sentía inusualmente ensordecedor.

Y ellos tenían esperanza. Sabían que allí lejos existía un mejor mundo, sabían que ése no podía ser el fin de todo.

Estaban, pues, consumados en el más grande pasatiempo de todos los viejos de la ciudad: recordar.

Al final de sus caminos, sentados juntos habían pasado también los últimos años. En ése mismo lugar.

Lyszica se había vuelto más valiosa con el tiempo: decidió quedarse con su cabello. Ya hace mucho tiempo murió la última brizna color oro, luego bronce blanquecino, y al final terminó todo blanco y brillante; ondeándose al aire estaba una cascada de hebras como fabricadas con platino.

Su cara parecía nunca envejecer, salvo por la extraña palidez que le daba un toque fantasmal en las mejillas y una mirada de ángel.

Ámbos eran irreconocibles. Él se había vuelto flaco a más no poder, pero la fuerza de los años aciagos era sobretodo notable en su mirada. Todavía tenía un poderoso fuego en ella. Pero era un fuego caótico y confundido; el tiempo le había arrebatado el rumbo.

Y es que a él se le había escapado el rumbo de todo. Ya no recordaba nada bien, lo único que en realidad sabía todas las mañanas era que adoraba a aquella mujer que se acostaba a su lado.

Y ésa criatura abrió su boca:

-¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de cuando aseguramos nuestro futuro?-

-¿Nuestros hijos?-

-Sí. Yo nunca pensé que terminaríamos aquí.-
Vixi concluyó:
-Gracias por todo.-

Él aflojó los músculos, atónito.
Al frente de ámbos estaba la nada y el mundo ya no parecía querer respirar.

Era curioso. Recordó claramente ésos días de antes.


Por alguna magia caminó entre nubes, bajó al sótano del panteón de los dioses. Era una puertecilla con barandas de oro, y allí abajo estaba un mosaico en colores, luces que emanaban chispas lentas y flotaban, y listones blancos enlazándose constantemente con los bordes de la gran plataforma, aislando el lugar del Abismo.


Un zorro rojo de pequeñas dimensiones corrió hacia él, trepó a su cabeza y se quedó encima, acurrucándose y gruñendo con gusto.

Su escencia de animal se sentía más que familiar. Y cuando no supo nada más que éso, desconcertado, empezó a ver como en sueños a una mujer.

Estaba parada frente a un hombre poco admirable, un hombre que le estaba acariciando el vientre.

Ahora ella tenía un bulto bajo el camisón, y con ojos cerrados recibía un abrazo de atrás del mismo hombre. Ahora supo que él cuidaba de ella, y ella no le tenía miedo en lo absoluto.

Ahora la veía sentada, y él le traía cosas para ella, le recordaba de afán lo que sentía con un beso en la frente.

Parecía ahora que ella fuera imposible de abandonar, él la tenía en sus brazos perpetuamente. Con cada imagen se veía más amada, sonriente y tranquila, porque era raro que un hombre se quedara con ella.

Lo último que vio fue la misma pareja de pié, andando una vez más como al principio, felices como si nada. Él tenía a la mujer entre sus brazos, y ella tenía entre sus brazos un pequeño bulto. 
Miraban sobre el horizonte, al sol.

El sol.

Ése sol se apareció frente a sí. Y lo sacudió la realidad. Él estaba sobre una azotea abandonada.

A un lado estaba la misma mujer. Cogió su mano, y con el peso del fin de todo, la miró a los ojos.

“De nada.”

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