Saturday, December 31, 2011

(cuento corto) El Duende


...Se escabullía hábilmente en la oscuridad, era un panorama curioso con una sombra móvil, una luz de luna, una oscuridad que en vez de negra era azul.

Ya casi llegaba. Se pasaba detrás del reloj de pared, por entre los cristales bordeados en cobre puestos sobre la alacena, por entre las copas y tazas viejas de porcelana que estaban en hileras y desordenadas. 

Olía a polvo. El duende se acercaba. Y sus pasos levantaban ése viejo olor a guardado.

Desde el comedor se estaba acercando a la sala de estudios, también a una ventana. (Dicha ventana estaba montada con un pequeño ático sobre el suelo; la pared de madera subía hasta donde subiría la cabeza de un humano, y después se hundía en un ángulo de 90 grados, seguía hasta encontrarse con la ventana vertical, y finalmente se recogía, haciendo su propio techo.)

Allí arriba, sobre una biblioteca sonaban los ronquidos.
Y el duende se acercó por toda la estrechez del lugar, trepó como si los libros fueran peñascos de un monte.
Fue un contraste total cuando se encontró con la ventana. Estaba al fondo de la bóveda de madera; espaciosa, era como un respiro.
Y allí en el suelo improvisado de la bóveda, bañándose bajo la luz de la luna, estaba tendida su amada; Que ella no lo sabía, pero era su amada. (La había visto robándose unas flores del jardín el otro día, y era bellísima y la encontró adorable, tanto que miró a dónde se iba ella a dormir, en vez de mirar a dónde es que últimamente se estaba guardando las llaves el panadero de la casa.)



Entonces empezó a trabajar. Miraba con ojos silenciosos a su cabello. Con sus manos, que eran hábiles y largas empezó a trenzar, y como fluyendo se pasaban por entre los mechones, iban y volvían, hacían vueltas; agarraban con tacto, soltaban con delicadeza.
La miró allí cerca en donde la tenía, pero la veía lejano. Él tenía una carita triste, como si estuviera recordando un día de antaño con nostalgia. Pero en realidad no es que recordara algo. Sólo la miraba a ella, y ponía esa carita y se ponía a trabajar. Se aseguró de entretejer en lo que hacía muchos susurros, muchas cosas como deseos, que quería tocarla como si sí fuera suya, de día y con confianza.
Con una trenza le deseó que también se hiciera más hermosa. Sí, todavía más.
Con otra trenza, que fue la que comenzó todo, que durmiera profundo y no se diera cuenta. Que soñara, tal vez; y si soñaba con él, mejor.
Con la trenza final usó su mechón más hermoso, y le pidió que se cuidara, deseó con todo su ser que nada malo le pasara a ella, que mientras él no podía protegerla, que lo hiciera el destino.

Luego se fue. Suspiró, y luego con la rapidez del suspiro mismo se volvió a esconder, se buscó el lugar en donde él dormía. Se montó en la alacena y se deslizó como agua por detrás. Era un pequeño hueco contra la pared. El hueco daba al último cajón, que parecía abandonado. Se dormía detrás de una caja de cubiertos de plata, allí en una cama que él mismo había improvisado con servilletas de tela desgastada.

«A mí hoy me contaron algo parecido.»
«“¿Sabías que cuando los duendes se enamoran, van a buscar a la enamorada a hacerle trenzas con el cabello cuando están dormidas?”»


(Para Julie)

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