Saturday, November 5, 2011

Tazas de Té


 Hoy continúo con otro fragmento de la historia de Lyszica.
Ésto ocurre unos pocos meses después de conocerse, cuando la primavera florecía y ella vivía sola. Sentía todo diferente, sobre todo anhelo.





Y por primera vez le había fallado. Ella sentía dolor en su corazón, su buzón de la casa vacío, y él que iba a venir.
Pero como si no hubiera leído nada.

Y ella lo sabía; tendría que recibirlo, sólo no como ella hubiera querido.
 Lo vio llegando.

Se le revolvían las tripas con sólo verlo.
Imbécil.

Tocó la puerta. Ella atendió de mala gana; ya le molestaba tenerlo ahí, porque no la merecía a ella.

Miró sus ojos poderosos que tanto la encantaban, pero se sentía mal con ellos.

Él la miró. Estaba inusualmente hermosa; se había cogido el cabello y daba vueltas detrás de su cuello. Tenía los labios un poquito más rojos, unos ojos de furia y un color miel, brillantes y ocultos tras pestañas muy femeninas. Pero tenía un cachete rasguñado, no sabía por qué.

Vio una mesa pequeña de ricos tallados al fondo de la sala, y sobre ella, una abandonada bandeja con té,
tenía dos tacitas.

-Vine a devolverte la bufanda-

-Sí. Déjala allí- Respondió ella con el índice apuntando hacia el sillón.

-Perdóname por sólo pasarme un rato, tengo que seguir mi investigación para El Puente-

Ella lo miró, al fin demostrando su rabia con un puchero.

-¡Quería pasar la tarde contigo!- dijo, y seguido, lo rasguñó de un zarpazo sobre la nariz.
-¡Vete, lárgate con tu trabajo feo!-

Él la miró sorprendido. Sabía lo que había hecho.

Y habría dado todo por estar con ella, pero tenía sus responsabilidades.
Se dio media vuelta, y antes de salir del patio, volteó a mirar brevemente para ver otra vez lo linda que estaba.
Pero la puerta ya estaba cerrada.

Con un suspiro se fue como un perro regañado.


Ella tuvo que sacarlo rápido porque no le gustaba que la vieran llorar.

Miró a la bandeja con té, cogió sólo una taza, y se preparó uno con miel; como para menguar la amargura

Tomó un sorbo, y como si fuera papel y lápiz para el alma, una idea fluía de sí.

Desearía que él se fuera a vivir a su casa; deseaba tenerlo cerquita todo el día, compartir una vida en lo descuidado y cotidiano. Le parecía bonito poder hacerlo sin tensiones, el no cruzarse una sola palabra,

Además de tolerarse como viejos amigos, sentían amor. Un amor que no depende de las acciones, sino de conocerse y saber que el otro está ahí y saber que nunca se va a estar solo.

Con sorbos lentos, acompañada por el sol en el campo afuera, se terminó su té.
Paciente, arregló la mesita que había preparado, y se miró al espejo.

Era cierto que estaba linda, y cómo no; lo hizo a propósito.


Se resignó a la soledad, y se acordó de la razón oficial que él tenía para venir: su bufanda.


La cogió para descubrir que tenía un fuerte olor a él, a canela y a hombre.

La llevó con ella y se enrolló como un gato alrededor, sobre el sillón abrazó un cojín con ternura, y con su aroma casi envolviéndola, se echó a dormir.

4 Horas después despertaría sola, habría soñado que se dormía en una cama junto a él.

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