Monday, November 14, 2011

El día primero (Vixi) {volveré a tí}

Me enorgullezco de presentar mi siguiente parte del proyecto, con excelente calidad para compensar por mi ausencia los últimos días - 10 veces más calidad que cantidad, ojo.


Antes que nada, pido a quienes no llevan un buen rato aquí, que lean otro fragmento más breve, pues este, a pesar de valer la pena, es algo pesado.

A quienes llevan ya un buen rato, deberían saber un poco de Lyszica Vixi, el disfrute con esta pieza es muchísimo mejor cuando ya saben quién es ésta particular mujercita-animal.

Éste es el resultado que salió cuando me propuse detallar bien una hoja de papel hecha a mano, que estaba demasiado resumida como para contar en realidad el sinfin de cosas que escapaban a las palabras.


Y bien, lean con calma; pues todo lo bueno toma tiempo.


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.......



Ése día de invierno él decidió aventurarse en algo nuevo para el momento, por lo que salió lejos de su casa a un lugar público; el sol lo hacía querer ver gente sonriéndole.

Pero salió y el sol se ocultó. Siguió su camino, con ánimos vacíos. Y llegó.
El sitio era un centro comercial en cemento y vidrio, con techos azules sobre su cabeza a 3 pisos de altura.

El cielo cuando miró se pintaba con sombras grises; sabían contrastar con el resto del mundo bajo sí.
No sentía frío. Como un lobo solitario, sabía calentarse en lo inhóspito; sabía cruzar la tundra con destreza sin sentir hielo en un sólo dedo.

Una vez adentro, se dio cuenta de lo rápido que el invierno había recobrado su territorio.

Afuera empezó el frío a dominarlo todo bajo un sol ausente y nubes blanquecinas.
Le gustó poder estar adentro.

Quería encontrar algo interesante; sabía que en el centro había un jardín.
Y todo ése frío lo hizo cambiar de parecer, se le antojó estar expuesto, sentarse a pensar como siempre lo hace.

Así que se dirigió edificio adentro, hasta que desde el balcón vio una persona allí abajo.

Era curiosa, bajó las escaleras como si nada. Y se acercó a mirarla. Resultó ser una mujer. Una capa tapaba su cara.

Ahora era una niña; pero tenía cuerpo de mujer.

Resultaba linda, pero algo en ella la hacía dejar de parecer específicamente atractiva sexualmente.


Él siguió acercándose,
Viendo cómo un chal de lana blanca en crochet contorneaba su hermoso pecho,
Mirando cómo una bufanda abierta descansaba sobre ella.
Y sus ojos hablaban con voz fuerte, estaban abiertos de par en par, bajo pestañas peludas, largas y tranquilas.

Fue cuando despertaron del punto vacío a donde miraban y se posaron sobre él.
Lo miraron de arriba abajo.

Ella tenía una boca pequeña, que lo parecía más en su silencio de atenta observadora. Se acomodó en su banca y evitó su mirada.
Ella se quedó quieta; se veía casi adorable.

Pero él seguía acercándose, y ésta vez notó en sus ojos una sombra rojiza, unas mejillas empapadas.

Y él con sus ganas de ver la sonrisa de la gente, le preguntó:
-¿No tienes frío? -

Se sentó al lado, y se disponía a quitarse su chaqueta cuando fue interrumpido:
-Siempre estoy tibia-, afirmó con un pequeño quiebre en su voz.

Él volvió a ponérsela, y sonrió un poco; sus primeras palabras fueron algo que él habría dicho con toda pertenencia.

Ella se llevó una mano a la cara. La vio sacudirse un poco debajo de su abundante cabello y su capa encapuchada, y ésa niña que antes estaba sentada sufrió una metamorfosis.

Cuando se volvió a mirarlo, sus mejillas eran de un color imperturbable. En sus ojos había confianza y se dio cuenta que eran cafés oscuros. Su boquita sonrió, y supo que tal vez se trataba de otra de ésas personas con montones de amigos.

Entonces, ¿Por qué estaba sola?




Y él quería ser un amigo de ella también. O quería una buena conversación. Como si nada, ella comentó sobre la tarde, le extrañaba que del ámbar haya pasado a ser todo blanquecino y gris.

A él no le importó. Le preguntó entonces por qué estaba sola.
-Hoy salí de mi casa sin avisar.- señaló, marcándole fin al tema.

Sólo un parpadeo después, agregó:
-Perdona mis pocos modales-
Se acomodó un poco su cabello café claro, casi dorado, -Soy heredera de la familia Vixen, mi nombre es Lyszica Vixi-

Ahora estaba alegre, y divertida, le preguntó a él su nombre.

Y ninguna palabra salió de su boca.

Frente a su silencio, se abalanzó sobre él,  palpó violentamente su pelo y protestó:
-¡¿Cómo es posible que alguien tan mono no tenga nombre?!-

Acto seguido, lo miró con una cara curiosa y le dijo:
-Entonces cuéntame quién eres con lo que es tuyo.-

-¿Lo que es mío?-

Lyszica usaba el lenguaje muy curiosamente; como una bibliotecaria, por lo que decía mucho en muy pocas palabras.
-Sí. Lo que pertenece a tu vida.-

Antes de responder, pensó un momento su respuesta.

No era normal que una chica populachera hablara así de indescifrablemente, mucho menos que hablara sobre temas poco superficiales.

 Él no hizo más que levantar una ceja cuando se dio cuenta.

Volvió a conectar la comunicación:
-Vivo solo. Me gusta andar solo, por eso no necesito nombre; a fin de cuentas si hablo conmigo mismo no necesitaré palabras, mucho menos un nombre.-

Ella sonrió con unos ojos entretenidos, como de animador en una fiesta.

-Sí, sí... ¿Y qué más?-

-Bueno... Sabrás que soy yo porque no doy interés. Para mí mismo, soy el más fascinante, pero los demás no lo entienden.-

-Vea pues.-

Él reprimió un suspiro.
¿Sería ella otra de ésas...?

Casi leyéndole la mente y con una chispa en el ojo, Lyszica agregó:

-Si nadie te entiende, es mejor que yo no sepa más, ¿Cierto?- .

...

-Pues sí.-

Y era cierto. Fácil era saber, un nuevo nivel es entender.

Estaban absorbiendo algo de frío, y el silencio no era nada, cada uno se conversaba por dentro entre sus intercambios de palabras.

La miró otra vez, le gustó su color dorado en el cabello.

Ella luego le contó que no tenía hermanos, y todo lo demás que es usual y banal. Él ahora sabía que ella en realidad no tenía amigos como pensó al verla. Y siempre le sonreía. Era una sonrisa festiva.


Ella, también atenta, lo escuchó; él decía todo lo que se preguntaba de ella.
Luego pausó y propuso:

-¿Te parece si entramos?-
Ella enérgicamente afirmó con la cabeza, se asomaba su saludable cabello castaño con oro.
Una vez adentro, comenzaron a pasear sin rumbo alguno.

Después de un momento, cuando él se supo entendido, le contaba de su vida propia, lo que era suyo.

Le decía que a él le gustaba conocer el rumbo de su vida. Pero no creía en el destino en absoluto, mucho menos en la suerte.



De la nada, con cara de perdida y su apariencia atontada, abrió la boca:

-Si no es suerte ni destino, tienes fuerza de voluntad, ¿No?-


Él sonrió. La chica ordinaria podía entenderlo como si nada. 

Ella le devolvió el gesto, y como si sintiera una ansiedad, se detuvo en seco.


Él se dio cuenta, y un poco confundido, se volteó para verla. Vixi le hizo un gesto para que lo esperara, y se quitó la capucha.


Sacó su cabeza de entre los pliegues, y con ojos cerrados, bajo la luz del interior del edificio, sonrió sin abrir la boca.

Ahora la veía entera y claramente. La encontraba especialmente adorable.

Curioso era que su cabello parecía albergar muchos colores dentro de sí: ahora, sin el reflejo del cielo afuera, se había tornado castaño cobrizo.

 Pero estaba un poco alborotado; no supo si era ondulado como lo vio en el frío, o si era lacio y estaba perturbado por la capucha que se había quitado.

Ella llevaba las manos hundidas en el bolsillo de su chaleco; la capa ya bajo el brazo.

Y lo miraba hacia arriba. Sólo un poquito hacia arriba; por más que él fuera altísimo, ella también lo era.

Ésos ojos lo encantaron.

Cuando le contaba algo que sólo se habría dicho a sí mismo por ser extraño, Vixi sonreía. 
Por alguna extraña razón relacionó su sonrisa con la de un animalito.

Ella le contaba que le agradaba cómo se sentía el invierno, cómo su respiración era un vaho y la nieve caía con gracia en todos lados. 

Y él, casi espantado, abrió la boca:

-La única forma en que me lo puedo aguantar, es prendiendo un buen fuego y saliendo con el sol.-



Después de callar un momento, agregó:

-Pero tú no lo necesitas, dijiste que siempre estabas tibia, ¿No?.-

-Sí.-
 Vixi se arrimó un poquito cerca a él, sabrá Dios por qué. Y no lo tocó.

Tal vez ése era su propósito: con sólo verla, sabía que ella andaba siempre cálida. Su fluida cabellera era, se atrevería a decir, cómoda de mirar.

Y en realidad debería ser insoportablemente cómoda.

Se alejó otra vez, y como si nada, en un parpadeo reanudó la conversación.






-También me gusta llegar a casa, a dejar todas mis congeladas capas, pero sentir también el frío adiestrado dentro de las paredes.-


A él le faltaba un poco de concentración.

-¿Todas las capas?-

Vixi lo miró de reojo, y luego lo petrificó con la mirada, como quien afirma y niega ambiguamente un todo y pide que cierren la boca.

Él murió un poquito por dentro.



Vixi se dio cuenta, y se rió de buena gana: su voz no era débil, pero seguía siendo una criatura frágil.


Miraron afuera; ya ni una pizca de blanco ni ámbar ni nada quedaba. Sólo se veía un negro infinito desde el fin de las luces. 

Vixi miró allí lejos, y abrió la boca:

-Afuera. Quiero ir afuera.-



Curioso era, y agradable al mismo tiempo que estuviera ahora caminando como hermanos con una completa extraña.

Salieron, y recordó él lo frígido que era el negro. Hace poco oscureció y ya se sentía como medianoche.

A un lado escuchó un rozar de ropajes, y era Vixi acomodándose todo encima, dando un cuarto de vuelta emocionada, aparentemente sin destino.

De debajo de la capucha vivía una vocecita suave: 


-Sígueme.-

...

Y atrás que ella escuchaba pasos grandes en la nieve; se sintió algo protegida.

...


Silencio. No intercambiaron una sola palabra en el camino. La quieta noche producía pocos sonidos: pasos leves, un ruido de carros a lo lejos, el viento, y nada más.

Pero por primera vez, ésa desolación era agradable. Plácidamente esperaron a que los pasos terminaran. Y lento se acercaban a un parque.



Éste parque en particular era bastante urbanizado en todos lados. Una acera de asfalto lo cruzaba por la mitad, carecía de iluminación, y tenía flores durmientes escondidas en el negro, salpicadas sobre los arbustos.

Pero allí, al otro lado estaba un farol. 
Se sentaron, cerca estaba una banca.

Allí, la miró a la cara.

Veía cómo su cobrizo cabello esquivaba su carita y se deslizaba inclemente sobre todo.

Con la luz del farol, notó también que sus ojos en realidad tenían un color miel, claros y suaves como una caricia entre manos.


Ojos que estaban ahora puestos sobre él, desinteresados. 
Ojos que lo encantaron.
No lo obsesionaron. Tampoco lo capturaron.

Pero lo encantaron.


Ella lo desconectó de un brusco parpadeo.




La misma vocecita suave de antes abrió insignificante, meliflua y sedante, cada vez más pesada.
-¿Sabes?-





-Yo tengo otro nombre.-
Y su voz rompió con el fondo, se desató todo lo pequeño, y dulce, escapó: 

-Nipuna-


Y él repitió:
 -Nipuna-



 Fue lo único que salió de su boca en forma de un vaho, en el aire negrísimo.

No lo notó, pero a ella le agradó, sonrió un poco y escondió su cuello un poco bajo  la ropa.

-Sí. Me lo inventé de pequeña.- 

-¿De pequeña?-


-Vivía con mis papás... yo..-
-¿Vivías?-


-Shh... Cuando quería hablar de mí misma, me gustaba hacerlo con la palabra “Nipuna”-


Y ésta vez él escuchaba con cuidado. Ella se sintió recibida.



-Soy una loca. O eso me dicen mis papás.  Últimamente he estado haciendo aquello que me apasiona, me ha gustado salir a sentir cosas como la nieve que amo.-



-...Y es que hacer algo esencial está visto como una locura en éste mundo...-

Nipuna le sonrió, otra vez evocando la imagen de algún animalillo contento.
...
-Sí.-, le respondió con una voz que casi reprimía una risa.
Y luego rectificó el tema:

-Yo creo que mis padres son los dementes. Me tienen amarrada con todo, son insoportablemente sobreprotectores cada vez que salgo.-

Suspiró una vez, sin descanso en él.

“Lyszica, no puedes llevarte la bufanda”(Que tanto me gusta)“ni puedes irte a éstas horas”(Y me encanta el atardecer)-



Cerró los ojos, y muy para empeorar su amargura súbita, sonó un timbre bajo su capa.



Cansada, agarró el teléfono celular como si nada, marcó el botón rojo para colgar, y se lo guardó.



Abrió los ojos y lo volteó a mirar.



Él estaba ahí, justo antes de comentar:

 -Ahora mismo estás haciendo lo que quieres.-

Ella lo recibió con los ojos y aclaró:
-Ando con las semillas del futuro que sí veo, con un futuro que sí quiero ver florecer-

En él despertó la curiosidad:
-¿Y cómo es tu futuro?-

-Quiero que alguien le de vueltas a mi mundo. Y si no está, yo misma se las daré.-
Ella se estiró una frágil mano hacia la cara, se acomodó su capucha de modo que la cubriera toda, y se levantó.

....

Una voz confiable le dijo:

 -Aún así, no todo lo que quiero lo podré hacer. Me tengo que ir.-

Él la miró extrañado; así no debía terminar todo.



Ante el silencio, como si a ella se le olvidara algo, se peinó un poco deslizando su mano en la capucha, le dio la cara, y quietita en frente de él habló:


-Juro que volveré a ti-

Rápido, él pensó en todo lo necesario.

Sacó una tarjeta y se la entregó.

-Sabrás dónde vivo. Por favor ven cuando puedas.-

Ella le sonrió. En ése momento se anidó algo que lo embrujaría hasta mucho más tarde.

Con esto hecho, ella se dio la vuelta, se aseguró de tener la capota en su lugar, y se puso en marcha.
Se meneaba toda bajo la capa; él la vio avanzar con gracia y desaparecerse en lo negro.

Se habló en un susurro:



-“Juro que volveré a ti”-

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