Friday, October 28, 2011

Nacimiento del Rey de la Noche

Me quejo profundamente porque mis musas mueren lentamente, y caprichosas, vuelven cuando les dá la gana.

Peor que éso, pierdo mi motivación, pero no dejaré de escribir.

Como un testamento de mi musa, en mi mente empiezan a revelarse los finales de las muchas cosas con las que empecé;
Fácil será adivinar la identidad de éste "rey".


Y así, una vez más les traigo una selección de deliciosas letras. Que las aprovechen.

Reclón - (en sí, el "reclón" es una metáfora. Es madera de color cobalto.)

 [Locura es mi religion]



“Me acuerdo de cuando yo era un niño. Mi mamá siempre me pedía que practicara lo que ella quería. 

Vivíamos en la campiña, a unos buenos kilómetros de aquí.


Y ahora mismo soy lo que soy, porque escogí lo que creí mejor para mí.



En las mañanas tenía que trabajar la madera; ella quería que sirviera de algo, porque veía grandeza en mis ojos, y para ella, nada mejor que tener un tallador de madera.

Se decía que la economía misma del país estaba yéndose por la madera. Seguramente ella sólo quería asegurarme un buen futuro.




Aquí bien sabemos que tenemos troncos de reclón, fiel sólo a los cortes firmes. Demasiado burdo para hacer algo que no sea suplir nuestras necesidades diarias; preparar los hornos de vapor azul para sacar energía, hacer nuestros muebles con las más sólidas ramillas de las puntas.

Éso me frustraba. Era un trabajo tonto y repetitivo, todos los días lo mismo.

Y peor aún, aquí a nadie se le ocurre nada.





Pero a mí sí. Y fuí un hipócrita; pues me dedicaba todo el día a trabajar con reclón, luego me escapaba a hacer todo lo que me apasionaba.
Éso que me apasionaba era pensar, lo era buscar ésas cositas que a nadie más se le ocurrían.

Se me podría llamar un inventor de fantasías. O un explorador de los sueños.

Y gastaba noches enteras hasta la madrugada, siendo arrullado por la poesía de la luna.



En el silencio de la campiña, era fácil saber que nadie más la miraba; siempre me estaba contando algo ella. Y me fasciné, porque supe mi propósito en la vida.

Un día me dijo que el mundo tenía todo unos engranajes celestiales tras de sí, que yo podía entenderlo todo si así me lo proponía.

Otro día me dijo que todas las personas sienten cosas; y que ésas cosas no se pueden explicar.
El día siguiente supe que debía haber una forma de explicarlas.

Y quise entregarme a mi luna, llegar más allá del estúpido pensamiento de ésos monos, muertos por la madera y cegados de todo lo demás.

Con los años, lentamente me iba transformando en un hombre raro; dormido en el día, y al salir mi luna, con el frenesí de quien quiere darle la vuelta al mundo y ver las luces de todas las ciudades en ésa misma noche.

Después quedé completamente arruinado.


Y ya entrado en la ruina, tenía miedo de acudir a ver la luna. Debió ser culpa suya, pensaba yo.

Y en mis ojos me decían quemaba algo extraño, pienso yo la ambición, la grandilocuencia, el creer que podía tanto más de lo que jamás hice, que terminé siendo un loco.





Sí, un pobre loco. Y la soledad me mataba. Nadie en ése mundo se interesaba por algo diferente a ésos malditos troncos azules. Y yo atormentándome con ideas ajenas a ellos.

Fué que me creí loco. Y nunca fuí uno. Lo único que cambió fue la gente; los ojos de la gente.
En la historia me transfiguran; pensarás que en realidad soy como quieren ellos que me veas.

Con los años, parecía descender por un espiral de locura, más soledad, y con la soledad, más creerme loco.

Hasta que exploté. Para entonces ya llevaba años desde que dejé de trabajar el reclón, le preguntaba a la luna cómo vivir: siempre me decía que podía comerme lo que tenía cerca, que si la volvía a escuchar podría saber cómo construirme mi casa con cosas entonces impensables.


Y viví como un ermitaño. Cuando menos me dí cuenta, tenía una casa sobre el valle que quise montar sobre unos postes. Me gustaba comerme los gusanos y los escarabajos en el aire, que vivían alto donde estaba mi casa. 



Los cazaba con mis garras.


.......






Me contó mi lunita en una noche triste y quieta, como despidiéndose, que todo en el mundo depende de los ojos de quien lo ve.





Fue cuando me dí cuenta. Descubrí que ella existía en mis ojos y no en el cielo de la noche.

No sabré si de verdad existió y se fué a vivir en mí. Igual, ahora siento todo del aire, con la misma voz de mi lunita, sin importar a donde mire.

-Adiós, señora luna, tan brillante y tan suave a la vista-



Y fué ahí cuando me sentí totalmente solo. Quería a mi casa, quería a mi mamá, quería saber a dónde se fueron todos con el maldito reclón.

Cuando volví a casa, me espantaron. El lugar seguía estancado, un poquito más degenerado, sabrá dios por qué. Mi luna me contó que iba a pasar, porque sólo piensan en lo que hacen todos los días y en la maldita madera.

Me volví un maestro del todo y de lo único que no existía. Empecé a hablar con mi alma; sabía que no era la luna. Y era poderosa, no creo que tenga un fin.

Mi madre y mi mundo ya no existían para mí, tampoco las extravagancias entre las que vivía, era muy fácil vivir ahora; ya no me sorprendían.

Y un día, como si nada, llegaron del pueblo a matarme.



Me hicieron bajarme de mi casa, en la que había dejado parte de mí. Me hicieron sentarme dentro de un horno. Y la misma madera que tanto detesté, esos malditos troncos azules, los pusieron junto a mi carne, y sólo cenizas y dolor terminaron allí. Afuera del cascarón metálico de muerte del horno escuchaba a la gente. Estúpida como siempre. Y esque no me entendían. Pero ahora yo sí a ellos.

Nunca quisieron escucharme; no sabían qué era todo lo que quise descubrir en ésas décadas. Y quisieron matarme porque no les servía, escucho todavía que les parecí un atropello, un desperdicio de ser, porque “No hacía nada”. Y es que ésa nada lo era todo lo que vale, aquello que no vemos, aquello que nos llena de fuerza inmaterial.”








De las cenizas se sabe que un humo negro escapaba. Un negro siniestro y vil, desconocido a los ojos de todos. Ése negro se subió a la casa, y se perdió dentro de las paredes. Pero era horriblemente terrorífico, ver cómo el reclón se había transformado sólo con la carne suya. Espantoso era cómo del noble azul nació ése vapor. 




Así que nadie quiso volver a visitar la casa, y el pueblo vivió feliz en su ignorancia para siempre, que a fin de cuentas no sabían lo que es un “para siempre”.




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