Monday, October 24, 2011

Lyszica vixi, parte 2 y 3: La misma gris y fría mañana


El día era especialmente oscuro. Difícil era aceptar que ya las nubes habían devorado el brillo de la mañana, dejando sólo gris, lluvia, y viento. Así que agarró una sombrilla grande para evitar mojarse.
Una vez más se acercó a la chapa de su puerta.

Otro mecánico ceder.
Y aguantando un tiempo inclemente, se alejó un poco más del abrigo de su casa, a cruzar más puertas hasta llegar a la esquina de su casa.
Parecía como si el frío de los días se acumulara: si la primera vez que salió se limitaba a tiritar; ése segundo día, el hielo cortante del aire le hincaba sus colmillos, lo paralizaba y casi causaba dolor.

Curioso fué lo que encontró frente a sí, bajo el sauce llorón, mojado y nevado:


Un cuerpo que frente al árbol parecía pequeño; cubierto por telas y una capa de abundante cabello cobrizo, deslizándose con gracia por donde podía hacia el suelo.

Ella cumplió.
Ése día también se veía cálida.

Y el horrible viento soplaba desgarrador y rápido. La estaba obligando a hundir su cara entre los pliegues de su bufandita.


Sí. Fué a esperarlo. Y ése momento lo miró de súbito.


A diferencia de las miradas de la gente, ésos ojos se mostraban algo calmantes en vez de alarmantes.



Era predecible con su propio misterio,
Adiestrada en su naturaleza salvaje.

La vió como quien mira a un familiar que conoce hace años. Supo que ella quería algo.

Ella sólamente sonrió, a duras penas aguantando temblar por el ventarrón. En realidad no estaba cálida.

En ése momento supieron que debían irse caminando.
Cuando ella se acercó peligrosamente cerca, sin tocarlo, levantó la cabeza helada para abrir su boca:

 -Vamos a pasear.-
Era una proposición, no como lo hace un amigo, tampoco de un amante. Era más de la de un viejo amigo.

-

La llevó con la mirada y empezaron la marcha.
Y para él desapareció todo pudor, no le importó su propia presentación.
No le importó cómo lo veía ella, y si aquello la hiciera querer estar con él. Sólo le importó estar juntos.

Andando, rompiendo el viento con sus cuerpos, no se habían vuelto uno. Juntos, cada uno conservaba su todo - sus contrastes;

Él caminaba con pasos extendidos y aquietado por ella, misterioso e indescifrable en su porte. Genialidad en su mirada.

Ella caminaba con armonía, salvaje, y atractiva con intención para él. Tenía un aire de ternura en sus ojos.

Valían por dos.

Y estaban entrañablemente enlazados.

Ése día, ella no podía hablar. Miraba a un punto fijo mientras caminaba. Sabía que él estaba a su lado; no era necesario mirarlo.

Fué cuando él predijo que iba a lloviznar, y sacó su sombrilla. Pero el viento los pelaba de toda comodidad.
Y ella se veía entumecida y helada. Así que él se dispuso a combatir contra el frío:

Vió cómo la sombrilla podía amortiguar el viento y con la quietud, permitía la calidez.

Rápido y atento la puso contra el viento cerca a ella. Fué la primera vez que se tocaron.



Como si el viento no fuera nada, y la quietud bajo el nuevo abrigo que él brindaba fuera la tormenta, ella lo miró, ésta vez con algo de sorpresa en unos ojos agrandados bajo cejas apartadas. Después la quietud del momento la alcanzó hasta el corazón, con lo que volvió a relajar su mirada. Volvió a sonreír. Y se encogió junto a él.



Una vez más fué curioso. Resultaba fácil estar juntos.


Nada en ella lo puso nervioso. Al principio podía haberlo imaginado, pero ahora parecía de otro mundo que fuera posible emocionarse por una mujer. Y al mismo tiempo deseaba tenerla con fuerza.

Casi instintivamente se abrazaron; cada uno palpaba y se llevaba el cuerpo del otro para sí.

Con arrobamiento, se hicieron cómodos al lado del otro, y caminaron juntos cuanto quisieron.
-Y es que ése día no querían parar de caminar.



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