(Triste es que haga tantas cosas de mi mundo con ella. Tal vez termine con ellos como la primera cosa que escriba, y la última que lean, luego de haber llenado todo lo demás. Porque es un mundo, pero me ha cautivado la vida de ésta particular pareja.)
Además, ésta vez me propongo hacer un experimento.
Pediré el favor, pues, que todo aquel que lea ésto multiplique su experiencia con una canción.
Pero no cualquier canción, señores. Yo la he elegido, y me asusta lo perfectamente que acompaña la lectura.
Significa que por ésta pieza, no sólo descubrirán otro montón de letras que ya no me pertenecen, sino que también lo descubrirán a la par con una melodía (que no me pertenece y tampoco conocen). Que les sea de su agrado.
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nota: la música aparece después.
Fuego Amarillo y Ventanas Congeladas
Ahora estaba oscuro. Era extraño ver la casa así: era otra con el negro afuera, y el mismo negro que entraba. El sol todavía se deshacía lejos.
Estaban en ése momento de la tarde en que todavía no hay otras luces;
con ésa extraña sensación que trae mirar las hojas de los árboles impresas en las paredes, con un contraste de ámbares y gris; con un negro que crecía desde las esquinas.
Hasta que se lo devoró todo dentro de la casa. Ya no parecía hogar. Un haz de ámbar se escurría hacia un punto adentro en la sala; mas nunca se imprimió adentro, como si la quietud se la tragara.
Y entonces, la única luz era Lyszica, que estaba derribada en el sillón de la sala, fundida en un sueño ligero. Su aireada respiración era lo único que se oía en la suprema quietud, como un solo de flauta dulce.
Su pecho se inflaba profundo y se hundía; Sus brazos inertes acariciándola, serpenteando caóticamente con su cabellera.
Y de un momento a otro, una luz del corredor, una sombra creciente, y los pasos ausentes de él. La luz luego cambió con un bombillo de la sala, justo sobre ella.
Lo próximo que supo era que algo la rozaba en las caderas, su cómodo sillón caía hacia un lado, y que en realidad más allá de sus párpados había luz.
Él se había sentado para tomarse un café y seguir con sus trabajos en la mesilla, y Lyszica en ése momento era no más que otra parte del mueble.
Ella se dio la vuelta y se volvió a sumergir en su sueño, ya no estaba exhausta, pero ya casito terminaría de descansar, se estiraría al fin y abriría más los ojos.
Silencio. Él trabajó bajo la luz, el unico ruidito durante varios minutos lo hacía Vixi, el viento que empezó afuera a congelar las ventanas, y una cigarra abandonada, algo perdida en el tiempo y pasada del verano.
Fué cuando Vixi despertó del sueño, absorta frente a su realidad, que era no más que una luz y una calma casi desesperante. Su cuerpo era ligero, su mente estaba confundida. Seguía en un trance del despertar abrupto, de un descanso inesperado pero necesario.
Se revolcó hacia él, lo miró a los pies con sus penetrantes ojos amelazados, con una boca cerrada y expectante.
-Deberíamos cocinar ese cordero que trajimos-
En un parpadeo se levantó hacia adelante; estaba rendida con la cabeza que se le caía sobre sus brazos, se acomodó la cabellera, y añadió:
-Porque me está dando hambre.-
Él sonrió, se resignó a seguir trabajando, y dijo:
-Yo prenderé la chimenea mientras tanto-
Cuando habían terminado de alistar la carne y el fuego chispeaba, Lyszica se había puesto al frente para cocinarla, él estaba atrás, mirándola.
Mirándola un buen rato. Ya había calor. Ella daba mordiscos al pincho, impaciente.
Y por primera vez en mucho tiempo, se sentía ésa sensación, que más o menos promete que todo puede perpetuarse.
En otro punto de la noche, estaban de vuelta en el sillón, disfrutando del cordero, hablando de chistes tontos.
Más tarde estarían sentados juntos en el suelo cerca a la chimenea,
y el fuego seguía encendido frente a ellos, salpicándolos con hadas y luciérnagas de fuego y madera que volaban sobre sus cabezas.
Ya terminándose el jugoso cordero, cálidos en la noche abisalmente gélida, alguna pregunta salía de él;
-Dime, ¿Qué te tuvo tanto tiempo callada?-
Ella lo miró de reojo, batió sus pestañas, y llevándose otro pedazo de carne, abrió la boca:
-Es que prefiero perderme de todo.-
Miró al fuego, callada por un momento, cogiéndose las rodillas.
-Me ha pasado todos los años en mi vida, pero ésa vez fue peor. Aborrezco el verano. Todo es juegos y alegría y calor, y ya nadie es especial porque todos lo son.-
Un segundo inclinó su cabeza.
-Nisiquiera yo... Nisiquiera tú.-
-¿Ya nos hemos salvado?-
-Sí. Cruzamos a través de la tormenta. Perdóname.-
Él dejó su comida a un lado. Se dio cuenta que cuanto más se conocía a sí mismo, más ignoraba a los demás. Incluso a Lyszica, y es que ahora vivían juntos.
Él la volteó a mirar abruptamente, y ella reaccionó; siempre que lo hacía le contaba algo importante.
-Te perdono. Sé que la verdadera Lyszica siempre vivió bajo tu piel.-
Y se quedaron mirándose;
Se miraban con ojos adormilados, a los ojos y sin vergüenza, como quien no quiere nada, en un silencio cómodo del de los amigos que se conocen hace marras.
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