A continuación cuento el nacimiento del lejano mundo; el mundo en donde todos mis corazones forjados se han hospedado.
Parte 1:
Se sabe que durante ésos años el cauce del río de la ciudad central bajó. Pensaron que era un sequía, pero todo lo demás estaba perfectamente.
El lugar era más que inhóspito;
La sequedad increíble del desierto era caliente: un volcán terrible explotaba constantemente, y nunca fallaba en matar la poca vida que intentaba hospedarse en el valle.
Descubrieron después que la represa natural que bloqueaba el flujo hacia el desierto de Nassan había sido abierta.
Estimaron que el trabajo debió ser de al menos unos 20 hombres, alguna corporación ambiciosa que buscaba volver al desierto un lago o algo así para excavar minerales. Pero nadie en la ciudad respondió. Y es que parecía increíblemente desmedido por el fuerte olor a azufre y los gases tóxicos que oscurecían el cielo cuando el volcán explotaba.
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Allá, más allá de las montañas se respiraba un puro aire en un lugar idílico, todo florecía como si se le hubiese sido perdonada la eterna muerte a alguna parte de los Jardines del Edén.
Y desde una esquina crecían helechos en el paisaje empapado, mientras en la otra esquina del valle avanzaban valientemente unas enredaderas. En el medio, se estableció un pasto largo, y las dunas pasaban a ser colinas boscosas.
El viento parecía siempre soplar desde una altísima columna de roca natural cerca de la cordillera que separaba a ése antiguo infierno de la ciudad.
Debajo de la columna siempre existió un oasis.
Y en ésos años también apareció el retoño de una especie de roble sobre la vieja columna.
Todo mientras el cielo aclaraba, pero el humo vil del volcán se veía cada vez más amenazador cerca de la ciudad, por lo que nadie nunca en ella se atrevió a cruzar la cordillera.
Era terrorífico, como todo lo negro para ellos. Era mejor alejarse.
Los más sabios y experimentados avisaron que quien cruzara las montañas, seguramente sería calcinado por el fuego, asfixiado por el aire, y ahogado por la inundación del río.
Pasó, pues, que la razón detrás de la “sequía” estaba en una pareja de escapados de hace décadas. Se habían cansado de la ciudad.
(Por supuesto, continúa)
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